Dos en la carretera o (El Problema de Enamorarse en un Día)

Dos en la carretera "Two for the Road" (1967), protagonizada por Audrey Hepburn y Albert Finney, narra los problemas matrimoniales de Mark y Joanna a través de varios viajes en coche durante sus 10 miserables años como pareja.

Como si el guion lo hubiese escrito Christopher Nolan, "Dos en la carretera" salta constantemente entre los diferentes viajes en coche que hacen sus protagonistas a lo largo de 10 años; en el que se conocen, en el que van con unos amigos, en el que ella está embarazada, y en el que hacen en el presente, de camino a la inauguración de una casa diseñada por Mark (es arquitecto). Y seguro que me estoy dejando alguno. Es verdad que en todo momento es fácil reconocer cuál de los viajes estás viendo, porque siempre hay elementos diferenciadores como los coches, la ropa, los peinados de Audrey, o la insufrible hija de los amigos a la que perfectamente podrían haber abandonado en la cuneta y nadie habría echado de menos, pero igualmente fácil es  irse en algún momento y no saber si es otro viaje nuevo o uno de los ya vistos que ha cambiado de factores.

La película es maravillosa. Maravillosa para ver en acción una relación tóxica lo mires por donde lo mires. Y más ahora que es la era de las "red flags", pero es que Mark tiene tantas que podría montar una fábrica de ropa con la tela de todas ellas. No sé si es masculinidad tóxica o el machismo de la época, pero tiene sus momentitos de tratar a su mujer como si fuese un perro, dando ordenes al estilo de "recoge", "busca", o "empuja (el coche para que yo pueda arrancarlo)", pues empújalo tú, so caballeroso.

Tampoco les culpo, como bien dice el título, el problema empieza cuando estos dos personajes se enamoran al día de conocerse, sin saber ni siquiera si al otro le gusta la tortilla con o sin cebolla. Y claro, luego pasa lo que pasa, que cuando el amor desaparece, los papeles del matrimonio no, y ahí es cuando llegan los enfados, las infidelidades y los hijos que uno no quería tener pero al final la otra le convence de que sí y luego nos arrepentimos porque "yo en realidad no quería hijos". Que tampoco se escuchan entre ellos, vaya.

Y precisamente por eso la película es fantástica, porque es un retrato crudo y realista de un matrimonio abocado al fracaso desde el principio, donde ninguno de los dos presta real atención a lo que el otro quiere de la vida, provocando después los constantes roces de una vida amargada por un compañero incompatible.

Todo esto habría sido perfecto de no ser por el final, que termina romantizando esta terrible relación a base de querer curarla con te quieros efímeros que unas horas después se habrán olvidado por un nuevo rencor (u otro ya recurrente y resurgido). Y vuelta a empezar.

Aunque ahora que lo pienso, quizás esa es la moraleja de la película, que ese tipo de relaciones son un bucle del que –por lo general– las parejas no saben salir, y su rutina es el refuerzo intermitente de "Te quiero, soy infeliz, te quiero, soy infeliz". Y que nuestros protagonistas quizás nunca aprendan, y prefieran vivir engañados juntos que separados en la realidad.


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